Orlando
Orlando Cerca del Puente de Londres, donde el río estaba helado hasta unas veinte brazas de profundidad, se veía claramente un bote en el fondo, donde había naufragado el último otoño, cargado de manzanas. La vieja del bote, que traía su fruta al mercado de la ribera de Surrey, estaba sentada entre su guardainfante y sus chales con la falda llena de manzanas, como si fuera a atender a un cliente, aunque cierto tinte azulado de los labios insinuaba la verdad. Era un espectáculo que le agradaba particularmente al Rey Jaime y solía traer a sus cortesanos a que lo contemplaran con él. En una palabra, nada podía superar el brillo y la alegría de la escena durante el día. Pero era por la noche cuando el Carnaval alcanzaba su apogeo. Porque la escarcha seguía intacta; las noches eran de perfecta quietud, la luna y las estrellas ardían con la dura fijeza de los diamantes, y al fino compás de la flauta y de la trompeta bailaban los cortesanos.