Orlando
Orlando Sombra y perfume la envolvieron. Eliminó el presente como si fueran gotas de agua hirviendo. Ondulaba la luz como telas livianas ahuecadas por una brisa de verano. Sacó una lista de la cartera y empezó a leerla con una extraña voz tiesa como si fuera poniendo las palabras —zapatos de varón, sales para baño, sardinas— bajo una canilla de agua de todos colores. Las miraba cambiar a medida que las empapaba la luz. Zapatos y baño se volvieron romos, obtusos; sardinas se dentó como una sierra. Así se demoraba Orlando en el piso bajo de los señores Marshall & Snelgrove’s; mirando para aquí y para allá; husmeando este olor y aquel otro y perdiendo algunos segundos. Después entró en el ascensor, por la buena razón de que estaba abierto, y fue proyectada hacia arriba, sin una desviación. Ahora la sustancia de la vida (reflexionó al subir) es mágica. En el siglo dieciocho, sabíamos cómo se hacía cada cosa; pero aquí subo por el aire, oigo voces de América, veo volar a los hombres —y ni siquiera puedo adivinar cómo se hace todo. Vuelvo a creer en la magia. El ascensor tembló levemente al parar en el primer piso: y tuvo una visión de innumerables telas de colores, dándose tono en una brisa que traía olores definidos y extraños; y cada vez que paraba el ascensor y abría las puertas de par en par, desplegaba otra rebanada del mundo impregnada de todos los olores de aquel mundo. Recordó la ribera de Wapping en tiempos de Isabel, donde anclaban los barcos de tesoros y los barcos mercantes. ¡Qué extraño y opulento olor el de aquellos barcos! ¡Qué bien recordaba el contacto de los rubíes ásperos desgranándose por sus dedos en una bolsa de tesoros! Y estar tirada con Sukey —si tal era su nombre— y que los revelara de golpe la linterna de Cumberland. Ahora los Cumberland tenían una casa en Portland Place, y había almorzado con ellos el otro día y arriesgado una pequeña broma con el viejo sobre los asilos de Sheen Road. El viejo le había guiñado un ojo. Pero como ya el ascensor no podía subir más, tuvo que bajarse sabe Dios en qué «departamento», como los llaman. Se detuvo a consultar su lista de compras, pero no vio por ningún lado —según le ordenaba la lista— zapatos de varón o sales para baño. Estaba a punto de bajar, sin haber hecho ninguna compra, cuando la salvó de esa vergüenza la repetición automática del último artículo de su lista: sábanas para cama camera.