Orlando
Orlando De nuevo Orlando se acercó a la ventana, pero no se asuste el lector: hoy no va a suceder nada por el estilo, hoy es un dÃa muy diferente. No —porque si miramos por la ventana, como Orlando lo hacÃa en ese momento, veremos que el mismo Park Lane ha cambiado muchÃsimo: uno podrÃa demorarse ahÃ, diez minutos o más, como Orlando lo hacÃa ahora, sin divisar un solo landó cabriolé. «Miren eso», exclamó, algunos dÃas más tarde, cuando un absurdo carruaje trunco, sin caballos, empezó a ambular por su cuenta. ¡Un carruaje sin caballos! La llamaron justamente cuando lo decÃa, pero al rato volvió y echó otra ojeada por la ventana. Tiempo raro el de ahora. El cielo mismo, no pudo menos de notarlo, habÃa cambiado. Ya no era tan espeso, tan prismático, tan acuoso, ahora que el Rey Eduardo —miren, ahà estaba precisamente, bajando de su pulcro simón para visitar, enfrente, a cierta dama— habÃa sucedido a la Reina Victoria. Las nubes parecÃan de metal, que en tiempo caliente se manchaba de cardenillo, color cobre o color naranja como el metal en una neblina. Era un poco alarmante esa reducción. Todo parecÃa haberse encogido. La otra noche, al pasar por Buckingham Palace, ya no quedaban rastros de aquella vasta construcción que ella habÃa creÃdo imperecedera; los sombreros de copa, los velos de viuda, las trompetas, los telescopios, las guirnaldas, habÃan desaparecido sin dejar una mancha, sin dejar un charco, siquiera, en el pavimento. Pero ahora —después de un intervalo habÃa regresado a su puesto favorito en la ventana— ahora, en el atardecer, el cambio era más notable. Miren las luces de las casas. Con un toque, se iluminaba una pieza entera, se iluminaban centenares de piezas; y una era exactamente igual a otra. Todo se podÃa ver en esos cajoncitos rectangulares: no habÃa intimidad; no habÃa ninguna de esas sombras morosas y ángulos desparejos de antaño, no quedaba una sola de esas mujeres con delantal, portadoras de lámparas tembleques que depositaban asiduamente en esta mesa o en aquélla. Con un toque, la pieza entera se aclaraba. Y el cielo estaba claro toda la noche, y las veredas eran claras; todo era claro. Orlando regresó al mediodÃa. ¡Qué angostas se habÃan puesto las mujeres últimamente! Eran como espigas de trigo, derechas, brillantes, idénticas. Las casas de los hombres eran peladas como la palma de la mano. El aire seco destacaba los colores de las cosas y parecÃa endurecer los músculos de las mejillas. Era más difÃcil llorar. El agua se calentaba en dos segundos. La hiedra habÃa perecido o la habÃan raspado de las casas. Las legumbres no eran tan fértiles, las familias más chicas. Las desnudas paredes se habÃan comido las cortinas y nuevos cuadros de vivos colores, representando cosas verdaderas, como calles, paraguas o manzanas, estaban encuadrados en marcos, o pintados en la madera. Algo perfilado y preciso habÃa en la época, que le recordaba el siglo XVIII, salvo por una distracción, una desesperación… Al pensar esas cosas, el túnel infinitamente largo en que ella habÃa estado viajando por centenares de años se ensanchó; penetró la luz; sus pensamientos se templaron misteriosamente como si un afinador le hubiera puesto la llave en el espinazo y hubiera estirado mucho sus nervios; al mismo tiempo se le aguzó el oÃdo; percibÃa cada susurro y cada crujido en el cuarto, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea fue como un martillazo. Durante unos segundos la luz se fue haciendo más clara, y ella empezó a ver los objetos con más detalles, y latió el reloj con más fuerza, hasta que algo explotó espantosamente junto a su oÃdo. Orlando saltó como si le golpearan la cabeza. Diez veces la golpearon. De hecho, eran las diez de la mañana. Era el once de octubre. Era 1928. Era el momento actual. Nadie se maraville de que Orlando tuviera un sobresalto, se llevara la mano al corazón y se pusiera pálida. ¿Qué revelación más aterradora que la de comprender que este momento es el momento actual? La conmoción no nos destruye, porque el pasado nos ampara de un lado y el porvenir de otro. Pero no queda tiempo de meditar: Orlando estaba en retardo. Bajó corriendo, se metió en su automóvil, apretó el acelerador y se fue. Vastos bloques azules de arquitectura crecieron en el aire; los sombreros rojos de las chimeneas salpicaban irregularmente el cielo; el camino brillaba como clavos de cabeza de plata; a Orlando se le venÃan encima los ómnibus con esculpidos conductores de cara blanca; notó esponjas, jaulas de pájaros, cajas de paño verde americano. Pero no permitió que esos espectáculos penetraran su conciencia ni un milésimo de pulgada, al cruzar la estrecha tabla del presente, para no caer en las furiosas aguas de abajo. «¿Por qué no miran dónde van? Hagan el favor de sacar la mano —eso fue todo lo que dijo, como si le sacaran las palabras a sacudones. Porque las calles estaban abarrotadas; la gente las cruzaba sin mirar dónde iba, La gente cuchicheaba y zumbaba alrededor de los escaparates en cuyo fondo se percibÃa un ardor colorado, un fuego amarillo, como si fueran abejas, pensó Orlando —pero le bastó pensar que eran abejas para intuir, recuperando de una ojeada la perspectiva, que más bien eran cuerpos. ¿Por qué no miran dónde van?», les gritó. Se detuvo al fin en Marshall & Snelgrove’s y entró en la tienda.