Orlando

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—Sábanas para cama camera. Orlando repitió como en sueños, para una cama camera con una colcha de tisú de plata en un cuarto decorado de una manera que ahora tal vez le parecía un poco vulgar —todo en plata; porque lo había amueblado cuando tenía pasión por ese metal. Mientras el hombre fue a buscar las sábanas, ella sacó un espejito y un cisne. Ahora las mujeres no hacen tanto misterio, pensó, empolvándose con el mayor desparpajo, como lo hacían cuando ella se volvió mujer y reposó en el puente de la Enamoured Lady. Deliberadamente dio a su nariz el tinte deseado. Nunca se tocaba las mejillas. Realmente, aunque ya había cumplido los 36, no representaba un día más. Estaba tan consentida, tan hosca, tan linda, tan rosada (como un árbol de Navidad con un millón de luces, había dicho Sasha), como aquel día en el hielo, cuando se había congelado el Támesis y habían salido a patinar…

—Hilo superior de Irlanda, señora —dijo el hombre extendiendo las sábanas en el mostrador —y se habían encontrado con una vieja juntando leña.





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