Orlando
Orlando AquÃ, mientras distraÃdamente palpaba el hilo, se abrió una de las cancelas y dejó pasar, tal vez del departamento de novedades, una ráfaga de perfume, ceroso, como teñido por velitas rosadas. Se ahuecó el perfume como una concha alrededor de una figura —¿de varón, de muchacha?— joven, grácil, atrayente —una muchacha, Dios mÃo, con pieles, con perlas, con bombachas rusas; pero ¡falsa, falsa!
—¡Falsa! —gritó Orlando (el vendedor se habÃa ido) y un agua alborotada y amarilla inundó la tienda. Orlando divisó a lo lejos los mástiles del barco ruso saliendo mar afuera, y luego, milagrosamente (quizá la cancela se abrió de nuevo), la concha formada por el perfume se convirtió en una plataforma, un estrado, del que bajó una mujer gorda, con pieles, maravillosamente conservada, seductora, enjoyada, una querida de Gran Duque; la misma que comiendo sándwiches se habÃa inclinado sobre las riberas del Volga, para ver hombres que se ahogaban —y atravesó la tienda, hacia ella.
—¡Sasha! —gritó Orlando. La escandalizaba, realmente, que hubiera llegado a eso: se habÃa puesto tan aletargada, tan gorda. Inclinó la cabeza sobre las sábanas para que esta visión de una mujer encanecida, con pieles, y una muchacha con bombachas rusas, pasara inadvertida a su espalda con sus olores de velas de cera, flores blancas y viejos buques.