Orlando
Orlando —¿Servilletas, toallas, trapos para limpiar, señora? —insistió el vendedor. Ventajas de la lista de compras: Orlando pudo responder con toda compostura, que sólo una cosa en el mundo le hacÃa falta: sales para baño, que se despachaban en otro piso. Pero al bajar de nuevo en el ascensor —tan insidiosa es la repetición de cualquier escena— volvió a hundirse muy lejos en el pasado, y al dar el ascensor contra el suelo, oyó romperse una vasija contra una ribera de rÃo. No encontró, no, el piso que buscaba; se distrajo más bien entre las valijas, sorda a las sugestiones de todos los vendedores, atentos, enlutados, peinados, vivarachos, que descendiendo como ella, quizá tan soberbiamente como ella, de iguales abismos del pasado, optaban por correr la impenetrable cortina del presente, y manifestarse como simples vendedores de Marshall & Snelgrove’s. Orlando se quedó titubeando. Por las grandes puertas vidrieras podÃa ver el tráfico de Oxford Street. Los ómnibus se apilaban sobre los ómnibus y de un tirón se disgregaban. Asà se habÃan empujado los témpanos aquel dÃa en el Támesis. Un viejo noble con zapatilla de piel estaba a horcajadas en uno de ellos. Ahà pasó —ella lo reveÃa ahora— invocando maldiciones para los rebeldes irlandeses. Se habÃa hundido ahÃ, donde esperaba su automóvil.