Orlando
Orlando «Ha pasado tiempo sobre mà —reflexionó, tratando de serenarse—, ésta es la cuarentena. ¡Qué raro! No hay cosa que ya sea una sola cosa. Tomo una valija y pienso en una vendedora de manzanas congelada en el hielo. Alguien enciende una vela rosada y veo una muchacha con bombachas rusas. Cuando salgo afuera —como ahora —aquà pisó la vereda de Oxford Street—, ¿qué gusto siento? El del pastito. Oigo esquilas de cabras. Veo montañas. ¿TurquÃa, la India, Persia?». Los ojos se le llenaron de lágrimas.