Orlando
Orlando —Que los lleve el diablo —gritó, porque oír dar la hora es un sobresalto para el sistema nervioso: tanto que por un tiempo, sólo podemos decir de ella que frunció un poco el ceño, cambió admirablemente de velocidad; y gritó como antes—: ¡Miren por dónde van! ¿No saben lo que quieren? ¿Por qué no me avisaron entonces? —mientras el automóvil arrancó, se precipitó, se escurrió y huyó, porque ella lo manejaba muy bien, por Regent Street, por Haymarket, por Northumberland Avenue, sobre Westminster Bridge, a la izquierda, derecho a la derecha, derecho nuevamente…