Orlando

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El viejo Kent Road estaba de lo más concurrido el jueves once de octubre de 1928. La gente desbordaba las veredas. Había mujeres con sacos repletos de compras. Chicos corriendo. Había saldos en las tiendas de paños. Las calles se angostaban y se ensanchaban. Largas perspectivas que se encogían. Aquí un mercado. Aquí un entierro. Aquí una manifestación con bandera en las que se leía Agul-Desoc. ¿Pero qué otra cosa? La carne era muy colorada. Los carniceros estaban en la puerta. A las mujeres las habían dejado sin tacos. Amor Vin —eso estaba sobre una puerta. Una mujer miraba por la ventana de un dormitorio, profundamente pensativa y muy inquieta. Applejohn y Applebed, Empre—. Nada se veía entero, nada se podía leer hasta el fin. Se veía el principio —dos amigos cruzando la calle para encontrarse— y nunca el encuentro. A los veinte minutos el cuerpo y el espíritu eran como papel picado chorreando de una bolsa. Realmente, el hecho de correr en automóvil por Londres se parece tanto al desmenuzamiento de la identidad personal que precede al desmayo y quizás a la muerte, que es difícil saber hasta qué punto Orlando existía entonces.





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