Orlando
Orlando Por eso Orlando, al doblar el pajar llamó:
—¿Orlando? —con un dejo de interrogación en la voz y esperó. Orlando no vino—. Muy bien entonces —dijo Orlando, con el buen humor que practica la gente en esas ocasiones, y ensayó otro. Porque tenÃa muchos yo disponibles, muchos más que los hospedados en este libro, ya que una biografÃa se considera comprender seis o siete mil. Para no hablar sino de aquellos que han tenido cabida, Orlando puede estar llamando al muchacho que cercenó la cabeza de moro; al que estaba sentado en la colina; al que vio al poeta; al que presentó a la Reina Isabel el bol de agua de rosas; o puede haber llamado al joven que se enamoró de Sasha; o bien al Cortesano; o al Embajador o al Soldado; al Viajero; o llamaba tal vez a la mujer: la Gitana; la Gran Dama; la Ermitaña, la muchacha enamorada de la vida; la Mecenas; la mujer que gritaba Mar (significando baños calientes y fuegos en la tarde) o Shelmerdine (significando azafranes en los bosques de otoño) o Bonthrop (significando nuestra muerte diaria) o las tres juntas —lo que significa más cosas que las que aquà nos caben: todos eran distintos, y pudo haber llamado a cualquiera de ellos.