Orlando
Orlando Quizá, pero lo que parece más cierto (porque estamos ahora en la región del «quizá» y del «parece») era que el requerido yo se mantenía a distancia, pues Orlando, a juzgar por lo que decía, se estaba mudando de yo con una velocidad no inferior a la de su coche —había uno nuevo en cada esquina— como sucede cuando, por alguna inexplicable razón, el yo consciente, que es el superior, y tiene el poder de desear, quiere ser un yo único. Éste es el que llaman algunos el verdadero yo, y es (aseguran) la aglomeración de todos los yo que están y pueden estar en nosotros; dirigidos y acuartelados por el yo Capitán, el yo Llave, que los amalgama y controla. Orlando estaba en busca de ese yo, como adivinará el lector que sorprenda sus palabras al manejar (y si son palabras deshilvanadas, triviales, aburridas y a veces incomprensibles, la culpa es del lector por escuchar a una dama que habla sola; nos limitamos a reproducir lo que dijo, añadiendo entre paréntesis cuál yo está hablando, pero bien podemos equivocarnos).