Orlando
Orlando —¿Entonces qué? ¿Entonces quién? —decÃa—. Treinta y seis años, en un automóvil, una mujer. SÃ, pero miles de otras cosas también. ¿Seré una snob? ¿La jarretera en el hall? ¿Los leopardos? ¿Mis antepasados? ¿Envanecida con ellos? ¡SÃ! ¿Comilona, lujuriosa, viciosa? ¿Seré yo asÃ? (aquà entró un nuevo yo). No me importa un bledo. ¿Sincera? Me parece que sÃ. ¿Generosa? ¡Ah!, pero eso no cuenta (aquà entró un nuevo yo). Pasarme las mañanas en cama oyendo las palomas entre sábanas de hilo; fuentes de plata; vino; doncellas, lacayos. ¿Mimada? Tal vez. Demasiadas cosas por nada. De ahà mis libros (aquà mencionó cincuenta tÃtulos clásicos, que representaban, pensamos, las primeras obras románticas que destruyó). Vulgar, fluido, romántico. Pero (aquà entró un nuevo yo) un chambón, un chapucero. Más torpe que yo no habÃa nadie. Y —y— (aquà no dio con la palabra y si sugerimos Amor podemos equivocarnos, pero lo cierto es que se rió, y se ruborizó, y exclamó después): ¡Una rana montada en esmeraldas! ¡Harry el Archiduque! ¡Moscas en el cielo raso! (aquà entró un nuevo yo).