Orlando

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»¿Y Nell, Kit, Sasha? (estaba desesperada: positivamente hubo lágrimas y hacía tiempo que no lloraba). Árboles, dijo (aquí entró un nuevo yo). Me gustan los árboles (cruzaba un monte) creciendo ahí por miles de años. Y los graneros (pasaba un granero ruinoso al borde del camino). Y los perros ovejeros (aquí llegó uno al trote por el camino. Orlando lo evitó cuidadosamente). Y la noche. Pero la gente (aquí entró un nuevo yo). ¿La gente? (Lo repitió como una pregunta). No sé. Charlatanes, mal intencionados, siempre con mentiras y cuentos. (Aquí dobló por la calle mayor de su pueblo natal, que estaba llena, porque era día de mercado, de chacareros y pastores, y viejas con gallinas en canastos). Me gustan los campesinos. Entiendo de cosechas. Pero (aquí otro yo saltó sobre lo alto de su espíritu como el rayo de un faro). ¡La fama! (se rió). ¡La fama! Siete ediciones. Un premio. Fotografías en los diarios de la tarde (aquí aludió a “La Encina” y al premio de Burdett Coutts que ella había ganado; y aprovecharemos este espacio para anotar qué descorazonador es para su biógrafo que esta culminación hacia la que tendió todo el libro, esta peroración que iba a coronar nuestro libro, nos sea arrebatada en una carcajada casual; pero lo cierto es que al escribir sobre una mujer todo está fuera de lugar —peroraciones y culminaciones: el acento no cae donde suele caer con un hombre). ¡La fama!, repitió. Un poeta —un charlatán; los dos tan infalibles, cada mañana, como el correo. A comer, a encontrarse; a encontrarse, a comer[6] ¡Fama, fama! (Aquí tuvo que refrenar la marcha para atravesar el mercado. Nadie se fijó en ella. Una marsopa en un puesto de pescado atraía más la atención que una dama que había ganado un premio y, si se le hubiera antojado, hubiera usado tres coronas, una sobre otra).


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