Orlando
Orlando Guiando despacio, tarareó como si fuera un viejo refrán: «Con mis libras esterlinas compraré encinas, compraré encinas, compraré encinas y, al pie de mis encinas, cantar que las glorias son mezquinas». Así tarareó, y todas sus palabras se aflojaron como un bárbaro collar de cuentas pesadas. «Al pie de mis encinas —cantó acentuando bien las palabras—, veré los carros partir, veré la luna subir…». Se paró de golpe, y miró ensimismada la cubierta del automóvil.