Orlando
Orlando Estaba en la mesa de Twitchett, reflexionó, y tenÃa sucia la golilla. ¿SerÃa el viejo Mr. Baker, que vino a tasar la madera? ¿O serÃa Sh-p-re?, porque en la soledad sólo pronunciamos a medias los nombres venerados. Diez minutos se quedó mirando sin ver, dejando el coche casi parado. «¡PoseÃda! —gritó, apretando el acelerador—. ¡PoseÃda!, desde que yo era un niño. Ahà vuela el pato salvaje. Vuela por la ventana mar afuera. Di un salto (empuñó el volante con fuerza) para alcanzarlo. Pero el pato vuela demasiado ligero. Lo he visto aquà —allá-allá— en Inglaterra, en Persia, en Italia. Siempre vuela hacia el mar y siempre le tiro palabras como redes (aquà tendió la mano) que se encogen, como he visto encogerse las redes que no traen sino algas, y a veces en el fondo queda una pulgada de plata: seis palabras. Pero nunca el gran pez que habita las grutas de caracol». Dobló la cabeza cavilando. Y fue en ese momento, cuando habÃa dejado de llamar «Orlando» y estaba absorta en otras ideas, que el Orlando que habÃa llamado vino por su cuenta; según lo prueba la transformación que se operó en ella (habÃa atravesado los portones y ya estaba en el parque). Toda ella se oscureció y asentó, como cuando se agrega una pincelada que da concavidad y solidez a una superficie, y lo playo se hace profundo y lo cercano distante, y todo queda ahà contenido como el agua por los lados del pozo. Asà estaba, oscurecida y quieta, y la agregación de ese nuevo Orlando la convirtió en lo que se llama, con razón o sin ella, un solo yo, un yo real. Se quedó silenciosa. Es verosÃmil suponer que cuando se habla en voz alta, los yo (que bien pueden ser más de dos mil) sienten su división, y se están llamando, pero que al efectuarse la comunicación se quedan silenciosos.