Orlando
Orlando Con aplomo, rápidamente, tomó la avenida que se encurvaba entre álamos y encinas por el césped del parque, cuyo declive era tan suave que si hubiera sido agua habría dilatado la ribera en una lisa marea verde. Había solemnes grupos de hayas y encinas. Los ciervos caminaban entre ellos, uno del blancor de la nieve, otro con la cabeza de lado, porque un tejido de alambre se le había enredado en los cuernos. Orlando contempló todo esto —los árboles, los ciervos, el césped— con la mayor satisfacción, como si su espíritu fuera un líquido que fluyera alrededor de las cosas y las abarcara absolutamente. Un momento después estaba en el patio, donde había venido tantos siglos a caballo, o en coche de seis caballos, con jinetes siguiéndola o precediéndola; donde resplandecieron tantas antorchas, donde se agitaron tantos penachos, y donde los mismos árboles floridos que ahora dejaban caer las hojas habían sacudido sus flores. Ahora estaba sola. Caían las hojas de otoño. El portero abrió las enormes puertas. «Buenas, James», le dijo, «en el automóvil hay algunas cosas. ¿Quieres entrarlas?», palabras desprovistas de belleza, de interés, de valor intrínseco, pero ahora tan henchidas de significado que cayeron como nueces maduras, y demostraron que basta rellenar de significado la piel arrugada de lo cotidiano, para que ésta satisfaga nuestros sentidos.