Orlando

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Esto es cierto de cada movimiento y de cada acto, por usuales que sean, de modo que ver a Orlando cambiar su falda por un par de bombachas de terciopelo y una chaqueta de cuero —lo que hizo en menos de tres minutos— era dejarse arrebatar por la belleza del movimiento, como si Madame Lopokova prodigara su arte más alto.

Pasó después al comedor donde sus antiguos amigos Dryden, Pope, Swift y Addison la miraron con algún recelo al principio como quien dice: ¡Ésta es la ganadora del premio!, pero cuando reflexionaron que se trataba de doscientas guineas, movieron con aprobación la cabeza. Doscientas guineas, parecían estar diciendo: nadie puede rehusar doscientas guineas. Se cortó una rebanada de pan y otra de jamón, las juntó y empezó a comer, caminando por el cuarto de arriba abajo; despojándose así de sus buenos modales en un segundo, sin darse cuenta. Después de cinco o seis de esas vueltas, apuró una copa de vino tinto de España, llenó otra para llevar en la mano, atravesó el extenso comedor y una docena de salones y emprendió un viaje por la casa, escoltada por cuantos galgos y falderos se dignaron seguirla.




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