Orlando
Orlando También esto formaba parte de la rutina diaria. Volver y no visitar la casa le era tan imposible como volver y no dar un beso a su abuela. Le parecía que se animaban las piezas cuando ella entraba; que se daban vuelta y abrían los ojos como si hubieran dormitado en su ausencia. Le parecía, también, que a pesar de haberlas visto cientos y millares de veces eran distintas cada vez, como si una vida tan larga hubiera almacenado en ellas miles de cambiantes humores, según el invierno y el estío, el cielo despejado y el nublado, y sus propias alternativas y el carácter de las personas que las visitaban. Eran siempre amables con los extraños, aunque un tanto aburridas; con ella, eran del todo francas y se sentían a gusto. ¿Y por qué no?