Orlando

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Hacía casi cuatro siglos que eran amigos. Nada tenían que ocultarse. Ella sabía sus alegrías y sus penas. Sabía la precisa edad de cada parte de ellas y sus pequeños misterios —un cajón secreto, un armario escondido, o alguna deficiencia tal vez, como una parte remendada o agregada más tarde. Ellas también la conocían en todas sus mutaciones y humores. Nada les había ocultado; había acudido a ellas como una mujer y como un niño, llorando y bailando, pensativa y alegre. En el vano de esa ventana había compuesto los primeros versos; en esa capilla se había casado. Aquí me enterrarán, pensó, arrodillándose en el ventanal de la galería y saboreando el vino de España. Aunque no podía creerlo, el cuerpo del leopardo heráldico proyectaría charcos amarillos en el suelo, el día que la bajaran a descansar entre sus mayores. Ella, que descreía de toda inmortalidad, no podía no sentir que su alma estaría siempre con los rojos en los paneles y los verdes en el diván. Porque la pieza —acaba de entrar en el dormitorio del Embajador— relucía como una concha que ha estado siglos en el fondo del mar y ha sido recubierta e irisada infinitamente por el agua: era rosada y amarilla, verde y color arena. Era tan frágil como una concha, tan iridiscente y tan vacua. Ningún Embajador volvería a dormir ahí. ¡Ah!, pero ella conocía el lugar donde seguía latiendo el corazón de la casa. Abriendo suavemente una puerta, se paró en el umbral de modo (así le pareció) que el cuarto no la viera y miró la agitación del tapiz en esa eterna brisa débil que no lo abandonaba. Seguía cabalgando el cazador; Daphne seguía esquivándose. Seguía latiendo el corazón, meditó, aunque débilmente, aunque muy apartado: el frágil indomable corazón del enorme edificio.


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