Orlando
Orlando Chistó a su jauría y bajó por el corredor cuyo piso estaba hecho de troncos serruchados de roble. Había filas de sillones de terciopelo desteñido, alineados contra la pared con los brazos abiertos en espera de Isabel, de Jaime, tal vez de Shakespeare, de Cecil, que no venían. Se entristeció al verlas. Desenganchó la cuerda que las cercaba. Se sentó en el sillón de la Reina; hojeó un libro manuscrito en la mesa de Lady Betty: hundió los dedos en las antiguas hojas de rosas; se alisó la melena con los cepillos de plata del Rey Jaime; jugueteó y rebotó en su cama (ningún Rey volvería a dormir en ella, pese a todas las sábanas nuevas de Louise) y apretó las mejillas contra el tisú raído que la cubría. Por todos lados había bolsitas de alhucema contra la polilla y rótulos impresos: «Se ruega no tocar», que parecían reprocharla, aunque los había puesto ella misma. Ya la casa no era del todo suya, suspiró. Ahora pertenecía al tiempo, a la historia; eludía el contacto y el dominio de los vivos. Nunca se derramaría aquí cerveza, pensó (estaba en el dormitorio donde se había hospedado Nick Greene), ni se harían más quemaduras en la alfombra. Doscientos sirvientes no volverían a correr y a gritar por las galerías, con calentadores y grandes leños para las grandes chimeneas. Ya no prepararían cerveza negra, ni fabricarían velas, ni harían monturas, ni labrarían la piedra en los talleres fuera de la casa. Hachas y martillos estaban silenciosos ahora. Las sillas y las camas estaban desocupadas; los jarros de oro y plata estaban guardados en vitrinas. Las grandes alas del silencio latían en todo el ámbito de la casa vacía.