Orlando

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Como un trueno, el reloj del establo dio las cuatro. Ningún temblor de tierra derribó un pueblo con igual rapidez. La galería y todos sus ocupantes quedaron reducidos a polvo. Su propia casa, que había estado oscura y sombría mientras miraba, se iluminó como por una explosión de pólvora. En esa luz, todo lo que estaba a su alrededor se destacaba con extrema nitidez. Vio girar dos moscas y notó el azulado brillo de sus cuerpos; vio un nudo en la madera donde pisaba, y el temblor de la oreja de su perro. Al mismo tiempo oyó el crujido de una rama en la quinta, unas ovejas tosiendo en el parque, un agudo chillido por las ventanas. Su cuerpo retemblaba, le ardía como si de golpe la hubieran desnudado en una helada fuente. Guardó, sin embargo, como no lo hubiera hecho en Londres, cuando dio las diez el reloj, un perfecto aplomo (porque ahora era una y entera, y presentaba, puede ser, una superficie mayor al embate del tiempo). Se levantó pero sin apuro, chistó a sus perros y bajó la escalera firmemente pero con gran vivacidad y salió al jardín. Las sombras de las plantas eran de una nitidez milagrosa. Percibió cada grano de polvo en los canteros como si tuviera un microscopio aplicado al ojo. Vio la complejidad de los gajos de cada árbol. Cada brizna de pasto era definida, y cada nervio y cada pétalo. Vio a Stubbs, al jardinero, bajando por el camino, y era visible cada botón de sus polainas; vio a Betty y a Prince, los percherones, y nunca distinguió con más claridad la estrella blanca en la frente de Betty y las tres largas cerdas que sobrepasaban las otras en la cola de Prince. En el patio las antiguas paredes grises parecían un negativo fotográfico; oyó el altoparlante que condensaba en la terraza una música de baile que estaban escuchando las personas de la Ópera de Viena, todo terciopelo punzó. Estimulada y animada por el presente, sentía asimismo un incomprensible temor, como si cada segundo que se infiltrara por el abierto golfo del tiempo comportase un riesgo desconocido. La tensión era demasiado incesante y demasiado rigurosa para ser tolerada mucho tiempo sin incomodidad. Contra su voluntad atravesó con rapidez el jardín y salió al parque, como si sus piernas se movieran solas. Le costó un gran esfuerzo detenerse en la carpintería y quedarse inmóvil, viendo a Joe Stubbs trabajar una rueda de carro. Estaba parada con los ojos fijos en la mano del hombre, cuando dio el cuarto de hora. La atravesó como un meteoro, tan ardiente que no hay dedos que lo sujeten. Vio con inmunda nitidez que al pulgar de la mano derecha de Joe le faltaba la uña y que tenía en su lugar como una almohadilla de carne rosa. El espectáculo era tan atroz que sintió como un vahído, pero en esa fugaz oscuridad, cuando parpadearon sus ojos, dejó de oprimirla el presente. Había algo insólito en la sombra que proyectaba el parpadear de sus ojos, algo que (como cualquiera puede comprobarlo mirando, ahora, al cielo) siempre está lejos del presente —de ahí su terror, su indeterminado carácter—, algo que uno rehúsa fijar con un nombre y llamar belleza, porque no tiene cuerpo, es como una sombra sin sustancia, ni calidad propia, pero con el poder de transformar todo a lo que se agrega. Mientras Orlando estaba inmóvil en la carpintería, salió furtivamente esa sombra y agregándose a las innumerables escenas que ella había estado recibiendo, las convirtió en algo tolerable, comprensible. Su mente se agitó como el mar. Sí, pensó, exhalando un hondo suspiro de alivio al salir de la carpintería para ascender la colina, otra vez empiezo a vivir. Estoy en la ribera del Serpentine, pensó, el barquito está remontando el arco blanco de mil muertes. Estoy a punto de comprender.


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