Orlando
Orlando Tales fueron sus palabras, dichas con toda claridad; pero no disimularemos el hecho de que en ese momento era un testigo muy mediocre de lo que tenÃa ante los ojos y pudo fácilmente haber confundido una oveja con una vaca o un viejo que se llamaba Jones con otro de apellido Smith, que no era ni siquiera pariente. Porque el desvanecimiento levÃsimo que habÃa proyectado el dedo sin uña se habÃa ahondado ahora en el fondo de su cerebro (que es lugar prohibido a nuestra mirada) en un estanque donde habitan las cosas en una oscuridad tan profunda que casi no sabemos lo que son. Miró ese estanque o ese mar que refleja todo —y lo cierto es que algunos dicen que nuestras pasiones más fuertes, y el arte, y la religión, son reflejos que vemos en el hueco negro del fondo de la cabeza, cuando efÃmeramente se oscurece el mundo visible. Ahora lo miró, larga y profundamente, y el camino de helechos que trepaba la colina ya no fue del todo un camino, sino en parte el Serpentine; los espinos del cerco fueron en parte damas y señores con tarjetas y bastones de puño de oro; las ovejas fueron en parte casas altas de Mayfair; cada cosa se cambió parcialmente en otra, como si la conciencia de Orlando fuera una selva con avenidas ramificándose por aquà y por allá; las cosas se alejaban y se acercaban, se confundÃan y se apartaban, y hacÃan las más raras alianzas y combinaciones en un incesante ajedrez de luz y de sombra. Salvo cuando el sabueso Canute corrió una liebre y le recordó que serÃan las cuatro y media —realmente eran las seis menos veintitrés— no se acordó del tiempo. El camino de helechos conducÃa, con muchas vueltas y revueltas, a la encina, que se levantaba en la cumbre. El árbol era más grande, más recio y más nudoso que cuando ella lo conoció, alrededor del año 1588, pero estaba aún en la plenitud de la vida. Las hojitas agudamente plegadas seguÃan agrietándose en las ramas, espesamente. Tirada en el suelo, sintió los huesos del árbol abriéndose como costillas a un lado y otro. Le gustaba pensar que cabalgaba sobre el lomo del mundo. Le gustaba asirse a algo duro. Al echarse, cayó del fondo de su chaqueta de cuero un librito cuadrado de tela roja —su poema «La Encina». Debà traer una pala, reflexionó. La tierra era tan plana sobre las raÃces, que era harto discutible que pudiera cumplir su propósito y enterrar el libro en ese lugar. Además, lo desenterrarÃan los perros. Esos actos simbólicos nunca tienen suerte, pensó. Quizá lo más prudente serÃa omitirlos. TenÃa un breve discurso en la punta de la lengua, que habÃa pensado pronunciar al enterrar el libro. (Era un ejemplar de la primera edición firmado por el autor y el ilustrador). «Lo sepulto, como un tributo —estaba por decir—, una devolución a la tierra, de lo que la tierra me dio», pero ¡Dios mÃo!, en cuanto uno se pone a declamar palabras ¡qué tontas parecen! Recordó al viejo Greene, subiendo a una tribuna, el otro dÃa, para compararla con Milton (salvo por la ceguera) y entregarle un cheque de doscientas guineas. HabÃa pensado, entonces, en el roble aquà en su colina, y, ¿qué tendrá eso que ver con esto?, se habÃa preguntado. ¿Qué tendrán que ver siete ediciones? (Ya el libro las habÃa alcanzado). ¿Escribir versos, no era acaso un acto secreto, una voz tratando de contestar a otra voz? De modo que toda esta charla y censura y elogio y ver personas que la admiran a una y ver personas que no la admiran a una, nada tiene que ver con la cosa misma: una voz tratando de contestar a otra voz. ¿Qué cosa más secreta, pensó, más lenta y más parecida a un diálogo de amantes, que la balbuceada respuesta que ella habÃa dado todos esos años al antiguo canturreo de los bosques, a las granjas, a los caballos zainos esperando en el portón, cuello contra cuello, a la herrerÃa y la cocina y los campos que tan laboriosamente producen trigo, nabos, pasto y al jardÃn trémulo de iris y de fritilarias?