Orlando
Orlando Dejó insepulto y descompaginado su libro, y miró el vasto panorama, diverso entonces como el fondo del mar, iluminado por el sol y manchado de sombras. Había una aldea, con su campanario entre los álamos; una mansión abovedada y gris en un parque; una chispa de luz en un invernáculo; un corral con parvas amarillas. Los campos estaban divididos por negros grupos de árboles, y después de los campos se dilataban largas zonas de bosque, y luego el resplandor de un río, y luego alturas otra vez. En la lejanía los picos de Snowdon quebraban blancamente las nubes; Orlando divisó las colinas de Escocia y las mareas que conmueven las Hébridas. Esperó el eco del cañón mar afuera. No —sólo soplaba el viento. Ya no había guerra… Drake se había ido; Nelson se había ido. «Y ésta —pensó dejando que sus ojos que habían divisado esas distancias volvieran a la tierra a sus pies—, fue algún día mi tierra; ese castillo entre las lomas fue mío, y ese páramo que se dilata casi hasta el mar». Aquí el paisaje (quizá por un escamoteo de la media luz) se sacudió y dejó resbalar por sus costados cónicos toda esa acumulación de casas, castillos y bosques. Las montañas peladas de Turquía surgieron ante su vista.