Orlando
Orlando Era el ardiente mediodía. Miró derecho a la pendiente calcinada. A sus pies las cabras mordían las matas arenosas. Un águila se cernía en lo alto. La ronca voz del viejo Rustem, el gitano, le graznó en los oídos:
—¿Qué son tu antigüedad y tu linaje y tus propiedades comparadas con esto? ¿Qué necesidad de cuatrocientos dormitorios, y de tapas de plata en todas las fuentes, y de mucamas que sacuden?