Orlando
Orlando En ese momento, algún reloj de iglesia sonó en el valle. El paisaje cónico se desinfló. El presente se le vino encima otra vez, más suave que antes, ahora que se desvanecía la luz. No destacó ningún detalle, nada pequeño: sólo campos nublados, chozas con lámparas, el dormido bulto de un bosque, y una luz en forma de abanico rechazando la oscuridad en un callejón. Ella ignoraba si habían dado las nueve, las diez o las once. Había venido la noche —la noche que era el tiempo que más quería, el tiempo en que se ven con toda claridad los reflejos en el negro estanque del espíritu. Ya no necesitaba desmayarse para mirar bien hondo en la oscuridad donde las cosas toman forma y para distinguir en el negro estanque a una muchacha de bombachas rusas, o a Shakespeare, o un buque de juguete en el Serpentine, y después el Océano Atlántico, embraveciéndose en altas olas contra el Cabo de Hornos. Miró en la oscuridad. ¡Ése era el bergantín de su marido, en la cresta de la ola! Subió, y subió y subió. El arco blanco de mil muertes creció ante él. ¡Hombre temerario, hombre ridículo, doblando sin cesar tan inútilmente el Cabo de Hornos, en plena tempestad! Pero el bergantín pasó por el arco y emergió al otro lado, sano y salvo.
—¡Éxtasis! —gritó—. ¡Éxtasis! —Y después el viento cesó, las aguas se aquietaron, y vio las olas cabrillear tranquilas a la luz de la luna.