Orlando
Orlando —¡Marmaduke Bonthrop Shelmerdine! —gritó Orlando, recostada en la encina.
El hermoso nombre chispeante cayó del cielo como una pluma de azul acerado. Ella lo vio caer, dando vueltas y vueltas como una flecha de moroso descenso que hiende, hermosamente, el aire profundo. Llegaba, como él siempre llegaba, en momentos de calma: cuando cabrilleaba la ola y las hojas manchadas caían lentamente sobre su pie, en los bosques de otoño: cuando el leopardo estaba quieto y la luna en las aguas, y nada se movía entre el mar y el cielo. Entonces llegaba.
Todo, ahora, estaba tranquilo. Era casi la medianoche. La luna salía con lentitud sobre el bosque. Su luz alzó un castillo fantasma sobre la tierra. Ahí estaba la enorme casa, con todas sus ventanas vestidas de plata. No había paredes ni sustancia. Todo era fantasma, todo era quieto. Todo estaba iluminado como a la espera de una Reina muerta. A sus pies, Orlando vio una agitación de penachos oscuros en el patio, y antorchas vacilantes, y sombras que caían de rodillas. Otra vez una Reina bajó de su carroza.
—La casa está a sus órdenes, Señora —gritó con una gran reverencia—. Nada se ha tocado. La conducirá mi padre, el Lord muerto.