Orlando

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La forastera, averiguó, era la Princesa Marusha Stanilovska Dagmar Natasha Iliana Romanovich, y había venido en el séquito del Embajador Moscovita, que era su tío, tal vez, o tal vez su padre, para asistir a la coronación. Muy poco se sabía de los moscovitas. Se los veía sentados casi en silencio con sus grandes barbas y sus sombreros de piel; bebiendo algún líquido negro que escupían de vez en cuando en el hielo. Ninguno hablaba inglés, y el francés, que era familiar a algunos de ellos, se hablaba entonces apenas en la corte inglesa.

Ése fue el motivo de la relación entre Orlando y la Princesa. Estaban enfrente uno de otro en la gran mesa tendida bajo un enorme toldo para el agasajo de los notables. La Princesa estaba entre dos jóvenes señores, uno, Lord Francis Vere, el otro, el joven Conde de Moray. Era cómico el disparadero en que los puso, pues aunque los dos eran a su modo lindos muchachos, sabían tanto francés como un recién nacido. Cuando al principio de la cena la Princesa se volvió al conde y le dijo, con una gracia que le arrebató el corazón:





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