Orlando

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«Je crois avoir fait la connaissance d’un gentilhomme qui vous était apparenté en Pologne l’été dernier», o «La beauté des dames de la cour d’Angleterre me met dans le ravissement. On ne peut voir une dame plus gracieuse que votre reine, ni une coiffure plus belle que la sienne», Lord Francis y el Conde mostraron la mayor turbación. Uno le sirvió copiosamente salsa de rábano, otro silbó a su perro y le hizo pedir caracú. La Princesa ya no pudo contener la risa, y Orlando, encontrándose con sus ojos por encima de las cabezas de jabalí y de los pavos reales rellenos, se rió también. Se rió, pero la risa se le heló en maravilla. ¿A quién había querido, qué había querido hasta entonces?, se preguntó en un cúmulo de emoción. Una vieja, se contestó, puro hueso y pellejo. Innumerables rameras de vestido colorado. Una monja majadera. Una gastada aventurera de boca cruel. Una masa dormilona de encaje y etiqueta. El amor había sido para él un poco de aserrín y cenizas. Los goces que le había dado parecían infinitamente insípidos. Se asombraba de haberlos soportado sin bostezar. Mirándola se derretía el espesor de su sangre; el hielo se volvía vino en sus venas; oía correr las aguas y cantar los pájaros; brotaba la primavera sobre el duro paisaje invernal; su hombría se despertaba; empuñaba una espada en la mano, cargaba contra un enemigo más audaz que el polaco o el moro; se sumergía en aguas profundas; veía crecer en una grieta la flor del peligro; tendía la mano —en fin, estaba improvisando uno de sus más apasionados sonetos cuando la Princesa le dijo:


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