Orlando
Orlando —¿TendrÃa la bondad de pasarme la sal?
Se sonrojó violentamente.
—Con el mayor placer, Madame —contestó, hablando francés con un acento perfecto. Porque, el Cielo sea loado, lo hablaba como su propia lengua; la doncella de su madre se lo habÃa enseñado. Pero quizá más le habrÃa valido no haber aprendido nunca esa lengua; nunca haber contestado esa voz, nunca haber seguido la luz de esos ojos.
La Princesa prosiguió. ¿Quiénes eran esos palurdos —le preguntó— con los modales de un mozo de cuadra? ¿Qué era esa mezcla nauseabunda que le habÃan volcado en el plato? ¿ComÃan los perros en Inglaterra en la misma mesa que los hombres? ¿Era ese figurón en la cabecera de la mesa con el pelo alborotado como una cucaña (comme une grande perche mal fagotée) de veras la Reina? ¿El Rey siempre babeaba asÃ? ¿Y cuál de esos pisaverdes era George Villiers? Aunque esas preguntas desconcertaron al principio a Orlando, estaban hechas con tanta gracia y tal picardÃa que no pudo menos que reÃrse; y como las caras inexpresivas de los comensales le indicaban que nadie comprendÃa una palabra, le respondió con igual libertad, hablando, como ella, en perfecto francés.
Asà nació una intimidad que pronto fue el escándalo de la Corte.