Orlando
Orlando Pronto se observó que Orlando rendía a la moscovita mayores atenciones que las exigidas por la mera cortesía. No se alejaba de ella, y su conversación, aunque ininteligible a los otros, era llevada con tal animación, provocaba tales risas y sonrojos que los más tontos podían adivinar el tema. Además el cambio en Orlando era extraordinario. Nadie lo había visto tan animado. De la noche a la mañana se había despojado de su torpeza pueril; de un mocetón huraño, que no podía pisar un estrado sin voltear la mitad de los adornos que había en la mesa, se había convertido en un caballero, lleno de gracia y de varonil cortesía. Verlo poner a la moscovita (como le decían) en su trineo, o extenderle la mano para la danza, o recoger el pañuelo moteado que ella había dejado caer, o desempeñar cualquier otro de esos deberes múltiples que exige la suprema dama y se apresura a anticipar el amante, era un espectáculo capaz de enardecer los apagados ojos de la vejez y de acelerar el vivo pulso de los jóvenes. Pero una nube se cernía sobre todo eso. Los viejos se encogían de hombros. Los jóvenes se sonreían. Todos sabían que Orlando estaba comprometido con otra. Lady Margaret O’Brien O’Dare O’Reilly Tyrconnel (pues tal era el nombre habitual de la Euphrosyna de los sonetos) lucía en el segundo dedo de la mano izquierda el espléndido zafiro de Orlando. Ella tenía el derecho supremo a sus atenciones. Sin embargo podía dejar caer en el hielo todos los pañuelos de su guardarropa (de los que tenía centenares) sin que Orlando se agachara a recogerlos. Podía esperar veinte minutos para que él la condujera al trineo, y al cabo se tenía que conformar con los servicios de un lacayo negro. Cuando patinaba, cosa que hacía con alguna torpeza, nadie estaba a su lado para animarla, y cuando se caía, cosa que hacía con alguna pesadez, nadie la levantaba ni sacudía la nieve de sus faldas. Aunque era de naturaleza flemática, lenta para darse por aludida y poco dispuesta a pensar que una simple extranjera podía suplantarla en el afecto de Orlando, la misma Lady Margaret acabó por sospechar que algo se estaba maquinando contra su paz de espíritu.