Orlando

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Además quería ver la Torre, los alabarderos, las cabezas decapitadas en Temple Bar y las joyerías de la ciudad. Y así fue como Orlando la llevó al centro, le mostró los alabarderos y las cabezas de los rebeldes, y le compró todo lo que se le ocurría en la Bolsa Real. Pero no bastaba con eso. Cada uno deseaba con vehemencia la compañía del otro donde nadie los espiara o los molestara. En vez de dirigirse a Londres, tomaban el camino contrario y erraban más allá del gentío por las heladas extensiones del Támesis, donde no daban con un alma viviente, salvo unos pájaros marinos o alguna vieja aldeana hachando el hielo con el vano propósito de sacar una baldada de agua o juntando ramitas y hojas muertas para quemar. Los pobres no salían de sus chozas y los que tenían medios acudían a la ciudad en busca de calor y alboroto.









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