Orlando
Orlando De ahà que Orlando y Sasha, como él le decÃa para mayor brevedad y porque era el nombre de un zorro blanco ruso que él habÃa tenido cuando niño —una bestia blanda como la nieve, pero con dientes de acero, que lo mordió con tal ferocidad que su padre lo hizo matar—, de ahÃ, decimos, que tuvieran el rÃo para ellos solos. Acalorados de patinar y de amor se tiraban en alguna playa solitaria, donde los amarillos mimbrales bordeaban la ribera, y, envuelto en un gran manto de pieles, Orlando la tomaba en sus brazos y conocÃa por primera vez, murmuraba, los goces del amor. Luego, cumplido el éxtasis y aquietados los dos sobre la nieve, él le contaba de sus otros amores, y cómo, comparados con el de ella, habÃan sido de madera, de lona y de cenizas. Riendo de su vehemencia, ella volvÃa de nuevo a sus brazos, y le daba en prueba de amor un abrazo más. Y se maravillaban de que el hielo no se derritiera con su calor, y se dolÃan de la pobre vieja que carecÃa de esos medios naturales para derretirlo y que tenÃa que hacharla con una cuchilla de hierro frÃo. Y después, embozados en sus martas, hablaban de cuanto hay bajo el sol: de vistas y viajes; de moros y paganos; de la barba de ese hombre y del cutis de esa mujer; de una rata que comÃa de su mano en la mesa; de las tapicerÃas de Arrás que se agitaban siempre en la cámara de su casa; de una cara, de una pluma. Nada era demasiado pequeño para ese diálogo, nada demasiado grande.