Orlando

Orlando

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Y entonces, bruscamente, Orlando caía en una de sus melancolías; la visión de la vieja arrastrándose por el hielo era tal vez la causa, o tal vez ninguna; y se tiraba de bruces en el hielo y miraba las aguas congeladas y pensaba en la muerte. Porque dice bien el filósofo que asegura que la separación entre la melancolía y la dicha no es más ancha que el filo de un cuchillo, y procede a opinar que una es hermana gemela de la otra; y concluye de ahí que todos los extremos del sentimiento son afines a la locura, y nos exhorta a buscar refugio en la Iglesia verdadera (en su opinión la Anabaptista), que es el único puerto, ancladero, bahía, etc., para los agitadores en ese mar.

«Todo acaba en la muerte», solía decir Orlando, incorporándose, nublada de tristeza la cara. (Pues de ese modo trabajaba ahora su mente en vaivenes bruscos de la vida a la muerte, sin demorarse en el camino, de suerte que su biógrafo no debe demorarse tampoco, sino correr con toda la rapidez posible y acompasar el paso a las acciones espontáneas y tontas y a las súbitas palabras extravagantes en que abundaba entonces Orlando).





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