Orlando
Orlando «Todo acaba en la muerte», repetÃa Orlando, incorporándose en el hielo. Pero Sasha, que al fin y al cabo no tenÃa sangre inglesa en las venas y que venÃa de Rusia donde los crepúsculos son más largos, las albas menos súbitas, y las frases no se concluyen porque hay la duda de cuál es la mejor conclusión —Sasha se quedaba mirándolo, quizá menospreciándolo, sin decir nada, porque debÃa parecerse a un niño. Pero al fin el hielo se enfriaba debajo de los dos, lo que era muy desagradable, y ella lo hacÃa levantarse, y le hablaba con tal encanto, con tal ingenio, con tal discreción (pero por desgracia en francés, que notoriamente pierde el sabor cuando lo traducen), que él se olvidaba de las aguas heladas o de la proximidad de la noche, o de la vieja aldeana o de lo que fuera y trataba de decirle —sumergiéndose y chapoteando entre mil imágenes ya tan gastadas como las mujeres que las inspiraron— a qué se parecÃa ella. ¿Nieve, crema, cerezas, mármol, alabastro, hilo de oro? Nada de eso. Más bien era como un zorro o como un olivo, como las olas del mar vistas desde una altura; como una esmeralda; como el sol sobre una verde colina que está nublada —como ninguna cosa de las que él habÃa visto o conocido en Inglaterra. Por más que rebuscara el idioma, le faltaban palabras. Necesitaba otro paisaje, otra lengua. El inglés era demasiado abierto, demasiado cándido, demasiado acaramelado para Sasha. Porque en todo cuanto decÃa, por franca y voluptuosa que pareciera, habÃa algo escondido; en todo cuanto hacÃa, por más audaz, algo oculto. Asà la verde llama está como escondida en la esmeralda, o el sol aprisionado en la colina. La claridad sólo era exterior, dentro habÃa un fuego errante. Iba y venÃa; nunca resplandecÃa con el rayo firme de una inglesa —aquÃ, sin embargo, recordando a Lady Margaret y sus enaguas, Orlando se enardecÃa en sus arrebatos y la arrastraba sobre el hielo, más y más rápido, jurando que darÃa alcance a la llama, que se sumergirÃa por la joya, y asà infinitamente, rotas y entrecortadas sus palabras por la pasión de un poeta a quien el dolor extrae la poesÃa.