Orlando
Orlando Pero Sasha guardaba silencio. Cuando Orlando se cansaba de comunicarle que ella era un zorro, un olivo, o la cumbre verde de una montaña, y de contarle toda la historia de su familia —cómo su casa era de las más antiguas del Reino, cómo vinieron de Roma con los Césares y tenían el derecho de pasear por el Corso (que es la calle principal de Roma) bajo un palio con borlas, privilegio reservado a los de sangre imperial (pues había en él una soberbia credulidad que era más bien simpática)—, se detenía y la interrogaba: ¿dónde estaba su casa?, ¿qué era su padre?, ¿tenía hermanos?, ¿por qué estaba sola con su tío? Entonces, aunque ella contestaba de buen grado, siempre se interponía entre los dos cierta incomodidad. Él sospechó al principio que su rango no era tan alto como le parecía, o que se abochornaba de los rudos hábitos de su gente, pues había oído que las mujeres de Moscovia usan barba y que los hombres se cubren de piel de la cintura para abajo, y que ambos sexos se untan con sebo para protegerse del frío, desgarran la carne con los dedos y viven en chozas que un caballero inglés vacilaría en destinar a su ganado, de suerte que se abstuvo de insistir. Pero repensándolo bien, determinó que no era ése el motivo de su silencio: ella no tenía un pelo en el mentón, se vestía con perlas y terciopelo, y sus modales no eran los de una mujer criada en un establo.