Orlando
Orlando ¿Qué le ocultaba entonces? Bajo la tremenda fuerza de sus sentimientos la duda era como una arena movediza bajo un monumento, una arena que se desplaza de golpe y lo hace temblar. Súbitamente esa agonía lo arrebataba. Ardía, entonces, en tal cólera que ella no atinaba a aplacarlo. Quizá no quería aplacarlo, quizá sus rabias le hacían gracia y las provocaba a propósito —tal es la curiosa perversidad del temperamento moscovita.
Para seguir el cuento —patinando ese día más lejos de lo acostumbrado, alcanzaron esa parte del río donde habían andado los barcos y habían quedado detenidos en la helada corriente. Entre ellos estaba el barco de la embajada moscovita con la negra águila bicéfala flameando en el palo mayor, del que pendían largos carámbanos de variados colores. Sasha había dejado a bordo algunas de sus ropas, y creyendo que el barco estaba vacío, subieron al puente a buscarlas. Recordando ciertos pasajes de su propio pasado, a Orlando no le habría maravillado que algunos buenos ciudadanos hubieran solicitado ese refugio antes que ellos; y así fue en efecto. No habían andado lejos cuando un hermoso joven apareció detrás de unos cables, diciendo, al parecer, porque hablaba ruso, que pertenecía a la tripulación y ayudaría a la Princesa a encontrar lo que necesitaba, encendió un cabo de vela, y desapareció con ella en las partes inferiores del barco.