Orlando
Orlando Pasó el tiempo, y Orlando, absorto en sus sueños, pensaba en los placeres de la vida: en su joya, en su preciosidad, en medios de hacerla suya, irrevocable e indisolublemente. Había obstáculos que vencer y dificultades. Ella estaba resuelta a vivir en Rusia, donde había ríos helados y caballos salvajes y hombres, decía, que se abrían la garganta a cuchilladas. Lo cierto es que un paisaje de pino y nieve y hábitos de lujuria y de matanza no lo atraía. Tampoco le halagaba interrumpir su cómoda rutina rural de sport y plantar árboles; renunciar a su cargo; arruinar su carrera; cazar el reno en vez de la liebre; beber vodka en lugar de vino de Canarias y usar un cuchillo en la manga —quién sabe para qué. Sin embargo, estaba dispuesto a todo eso y a más que todo eso. En cuanto a su boda con Lady Margaret, aunque estaba fijada para la semana próxima, la cosa era tan ridícula que ni pensaba en ella. Sus parientes le reprocharían el haber desertado una gran dama; sus amigos, la ruina de la carrera más brillante del mundo por una mujer cosaca y un desierto de nieve —nada de eso era real al lado de Sasha. Huirían en la primera noche oscura. Zarparían para Rusia. Eso reflexionaba, eso urdía, al caminar por la cubierta de arriba abajo.