Orlando
Orlando Lo restituyó a la realidad el espectáculo del sol, suspendido como una naranja en la cruz de San Pablo. Era de un rojo sangre y se hundía rápidamente. Era casi de noche. Una hora y más de una hora que Sasha se había ido. Conmovido inmediatamente por esos presentimientos oscuros que ensombrecían sus más ufanas esperanzas, bajó la escalera por donde habían desaparecido los dos hacia la bodega del barco; y luego de tropezar en la oscuridad con barriles y cajones, supo que estaban sentados ahí, por una vislumbre pálida en un rincón. Por un segundo tuvo una visión de los dos; vio a Sasha en las rodillas del marinero; la vio inclinarse hacia él; los vio abrazarse antes que se borrara la luz en la nube roja de su rabia. Prorrumpió en un aullido tan angustioso que el barco entero retumbó. Sasha se arrojó entre los dos o el marinero hubiera sido estrangulado antes de poder sacar su machete. Entonces un desmayo mortal se apoderó de Orlando, y tuvieron que acostarlo en el suelo y darle aguardiente para reanimarlo. Y después, cuando volvió en sí y se sentó sobre un montón de bolsas en la cubierta, Sasha se inclinó sobre él, pasando suave, insinuosamente ante sus ojos aturdidos, como el zorro que lo mordió, ya mimándolo, ya apostrofándolo, de modo que llegó a dudar de lo que había visto. ¿No se había corrido la vela; no se habían movido las sombras? El baúl era pesado, dijo ella; el hombre la estaba ayudando a moverlo. Orlando le reía un momento —¿pues quién puede estar bien seguro de que su rabia no ha pintado lo más terrible?— y luego se encolerizaba con sus embustes. Entonces la misma Sasha palidecía; golpeaba el suelo con el pie —y juraba que se iría esa noche, y rogaba a sus dioses que la fulminaran si ella, una Romanovich, había consentido el abrazo de un vulgar marinero, sin efecto, viéndolos juntos (cosa a que apenas se animaba), Orlando se abochornó de su perversa imaginación capaz de concebir a esa fina criatura en las garras de ese peludo monstruo marino. El hombre era descomunal; descalzo tenía más de seis pies de estatura; llevaba en las orejas aros ordinarios de alambre; y parecía un caballo de carro en el que se hubiera posado un gorrión. Cedió, le creyó, le pidió perdón. Pero al bajar amorosamente del barco, Sasha se detuvo con la mano en la baranda de la escalera y dirigió a su bestia curtida, de cara anchota, una andanada de bromas, adioses o ternezas en ruso, de las que Orlando no entendió una palabra. Pero había algo en su tono (quizá las consonantes rusas tenían la culpa) que le hizo recordar una escena de hacía dos o tres noches, cuando la sorprendió en un rincón, royendo un cabo de vela que había recogido del suelo. Es verdad que era rosa, que era dorado, que era de la mesa del rey; pero era de sebo, y ella lo roía. ¿No había, pensó, conduciéndola al hielo, algo ordinario en ella, algo rancio, algo de campesina? Y se la imaginaba a los cuarenta, ya pesada, aunque ahora era esbelta como un junco; y se la imaginaba aletargada, aunque ahora era alegre como una alondra. Pero al patinar de nuevo hacia Londres, se le desvanecieron esas sospechas y sintió como si un enorme pez lo hubiera enganchado por la nariz y lo arrebatara sin querer por las aguas, pero con su propio consentimiento.