Orlando
Orlando Todo el color, salvo el rojo de las mejillas de Orlando, se desvaneció. Vino la noche. Al desaparecer la anaranjada luz del poniente la sucedió el asombroso brillo blanco de las antorchas, fogatas, faroles, y otros inventos que alumbraban el rÃo y que operaron la más extraña transformación. De algunas iglesias y palacios, cuyos frentes eran de piedra blanca, no se veÃan más que rayas y manchas oscilando en el aire. De San Pablo, en particular, sólo quedaba una cruz de oro. La AbadÃa era como el esqueleto gris de una hoja. Todo sufrÃa extenuación y transformación. Al acercarse al Carnaval, oyeron una nota profunda como la que vibra en un diapasón, que creció más y más hasta ensordecer. De vez en cuando un vasto grito seguÃa a un cohete en el aire. Gradualmente pudieron distinguir figuritas desprendiéndose de la muchedumbre y circulando como insectos sobre la superficie del rÃo. Encima y alrededor de este claro cÃrculo pesaba como un tazón de oscuridad la honda negrura de una noche de invierno. En esta oscuridad se fueron elevando con pausas, que mantenÃan alerta la expectativa y las bocas abiertas, cohetes como flores, medias lunas, serpientes, una corona. En un instante los bosques y las lejanas colinas eran verdes como en un dÃa de verano; en otro, todo era negrura e invierno.