Orlando

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Mucho antes de la medianoche Orlando esperaba. La noche era tan negra que un hombre se podía venir encima antes que uno lo viera —lo cual era más bien conveniente—, pero también era tan solemne y tan quieta que el casco de un caballo, o el llanto de un niño, se podían oír a media milla de distancia. Más de una vez Orlando, midiendo con sus pasos el patiecito, suspendió el latido de su corazón al oír una jaca pausada sobre las piedras, o el crujido de un traje de mujer. Pero era sólo un comerciante que regresaba con atraso al hogar, o alguna mujer del barrio cuya misión era menos inocente. Pasaban, y la calle quedaba más quieta que antes. Entonces esas luces que ardían en los pisos bajos de las viviendas apretadas que habitaban los pobres de la ciudad, subían a las bohardillas, y una por una, se apagaban. Los faroles de la calle eran pocos en esos arrabales; y la negligencia del sereno solía tolerar que se apagaran antes del alba. La oscuridad era entonces aún más profunda. Orlando revisó la mecha de su linterna, examinó las cinchas de las monturas; cebó sus pistolas; examinó las fundas; y repitió esos actos a lo menos media docena de veces, hasta que no encontró nada más que requiriera su atención. Aunque faltaban unos veinte minutos para la medianoche, no se resolvió a entrar en la sala de la posada, donde la patrona seguía sirviendo vino seco y vino de Canarias barato a unos cuantos hombres de mar, que se instalaban ahí entonando sus coros y contando sus cuentos de Drake, Hawkins y Grenville, hasta que se caían de los bancos y rodaban dormidos en la arena del piso. La oscuridad se apiadaba más de su henchido y violento corazón. Escuchaba cada paso; especulaba sobre cada sonido. Cada grito de borracho y cada gemido de infeliz, tirado en la paja o movido por cualquier pena, le lastimaba el corazón en carne viva, como si presagiara el mal a su empresa. Sin embargo, no temía por Sasha. La aventura era nada para su coraje. Vendría sola, con su capa y sus pantalones, con botas como un hombre. Era tan leve su pisada, que apenas se oiría, aun en este silencio.


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