Orlando
Orlando En el verano de aquel invierno calamitoso que vio la helada, la inundación, la muerte de tantos millares y el derrumbe total de las esperanzas de Orlando —porque fue desterrado de la Corte; cayó en desgracia con los nobles más poderosos de su tiempo; sufrió la justa cólera de los Desmond de Irlanda, y aún la del Rey, a quien ya le daban bastante trabajo los irlandeses para que no lo desazonara este nuevo enredo—, en ese verano Orlando se retiró a su gran casa de campo y vivió en absoluta soledad. Una mañana de junio —el sábado 18— no se levantó a la hora habitual, y cuando su ayuda de cámara lo llamó, estaba profundamente dormido. No lo pudieron despertar. Estaba como en un desmayo, sin respiración perceptible; y aunque trajeron perros a ladrar bajo su ventana; tocaron címbalos, tambores y castañuelas incesantemente en su dormitorio; pusieron una rama espinosa bajo su almohada; y le aplicaron sinapismos en la planta de los pies, no se despertó, no se alimentó y no dio señales de vida por siete días y siete noches. En el séptimo día se despertó a la hora acostumbrada (las ocho menos cuarto, precisamente) y expulsó de su pieza toda la tribu de comadres chillonas y curanderos; hecho asaz natural; pero lo raro era que no mostraba conciencia de su letargo, y que se vistió y pidió su caballo, como si acabara de despertarse después de una noche de sueño. Sin embargo, se sospechó un trastorno mental, pues aunque estaba en su perfecta razón, y era más reposado y más sobrio, su recuerdo de la vida anterior parecía imperfecto. Escuchaba lo que las personas decían de la gran helada o del patinaje o del Carnaval, pero nunca dio signo alguno de haberlos presenciado: sólo alguna vez se pasaba la mano por la frente como para disipar una nube. Cuando se discutían las vicisitudes de los seis meses últimos, Orlando parecía menos afligido que intrigado, como si lo molestaran antiguas y confusas memorias o como si tratara de recordar cosas referidas por un tercero. Se notó que bastaba la mención de Rusia, de princesas o de barcos, para que se pusiera huraño e incómodo, y se levantara y mirara por la ventana o llamara a uno de los perros, o tomara un cuchillo y recortara un trozo de madera de cedro. Los médicos, entonces, no eran mucho más sabios que ahora, y después de recetarle reposo y ejercicio, ayuno y superalimentación, compañía y soledad, régimen de cama y cabalgatas de cuarenta millas entre el almuerzo y la comida, sin perjuicio de los calmantes y excitantes acostumbrados, con adición ocasional de pócimas de baba de lagartija por la mañana y dosis de hiel de pavo real por la noche, lo abandonaron a su suerte y diagnosticaron que había dormido una semana. Pero si había dormido, ¿de qué naturaleza —no podemos dejar de preguntar— son los sueños como ése? ¿Son medidas reparadoras —letargos en que los recuerdos más dolorosos, los hechos capaces de invalidar la vida para siempre, son rozados por una ala oscura que les alisa la aspereza y los dora, por feos y mezquinos que sean, con un resplandor, una incandescencia? ¿Es preciso que el dedo de la muerte se pose en el tumulto de la vida de vez en cuando para que no nos haga pedazos? ¿Estamos conformados de tal manera que diariamente necesitamos minúsculas dosis de muerte para ejercer el oficio de vivir? Y entonces, ¿qué raros poderes son ésos que penetran nuestros más secretos caminos y cambian nuestros bienes más preciosos a despecho de nuestra voluntad? Orlando, agotado por su extremo padecimiento, ¿había estado muerto una semana y había resucitado después? Y si así fuera, ¿qué cosa son la muerte y la vida? Al cabo de esperar cuarenta minutos la solución de tales preguntas, y de comprobar que no viene, sigamos con el cuento.