Orlando
Orlando Orlando se entregó a una vida de soledad total. Su desgracia en la Corte y la violencia de su pena tenían parcialmente la culpa, pero como no intentó defenderse y raras veces convidó a alguien a visitarlo (aunque tenía muchos amigos que lo hubieran hecho gustosos), parecía que le agradaba esa soledad en la gran casa de sus mayores. Había elegido la soledad. Nadie sabía exactamente en qué pasaba el tiempo. Los sirvientes, de los que mantenía un gran tren, aunque su ocupación habitual era el barrido de aposentos vacíos y el arreglo de camas en las que no dormía nadie, espiaban, en la oscuridad de la tarde, a la hora de la cerveza y de los bizcochos, una luz que recorría las galerías, atravesaba las enormes salas, subía por las escaleras, penetraba en los dormitorios y les indicaba que su patrón erraba solitario por la casa. Nadie se animaba a seguirlo, porque la casa estaba provista de una multitud de fantasmas, y era tan grande que era fácil perderse y rodar por una escalera secreta o abrir una puerta que el viento podía cerrar para siempre —accidentes harto comunes, como lo demostraban los repetidos hallazgos de esqueletos humanos y animales en actitudes de agonía. La luz solía perderse del todo, y el ama de llaves, Mrs. Grimsditch, le manifestaba a Mr. Dupper, el capellán, su miedo de que algún accidente hubiera sorprendido a su Señoría. Mr. Dupper opinaba que su Señoría estaba arrodillado, sin duda, entre las tumbas de sus antepasados, en la Capilla que daba sobre el Patio del Billar, a una media legua hacia el sur. Pues tenía pecados en la conciencia, temía Mr. Dupper; a lo que contestaba Mrs. Grimsditch, con algún mal humor, que era el caso de muchos; y Mrs. Stewkley y Mrs. Field y Carpenter, la vieja nodriza, hacían coro de alabanzas a su Señoría; y los palafreneros y los lacayos juraban que era lamentable ver arrastrarse por la casa a tan apuesto caballero en vez de cazar zorros o perseguir ciervos; y hasta las muchachitas de los roperos y lavaderos, las Judys y las Faiths, que pasaban los jarros y los bizcochos, sumaban su testimonio a la cortesía de su Señor; porque jamás hubo caballero más bondadoso ni más pródigo de esas moneditas de plata que sirven para comprar un moño de cinta o un ramillete para el pelo; y hasta la negra que llamaban Grace Robinson, para hacer de ella una cristiana, adivinaba de qué estaban hablando, y convenía en esos abundantes elogios del único modo posible: es decir, mostrando los dientes en una ancha sonrisa. En resumen, todos sus servidores, hombres y mujeres, lo tenían en gran estima, y maldecían a la princesa extranjera (pero usaban un nombre más ordinario) que lo había puesto en ese trance.