Orlando

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Es harto posible que la cobardía, o la afición a la cerveza caliente, hicieran que Mr. Dupper se imaginara a su Señoría seguro entre las tumbas, para no tener que ir a buscarlo; pero no es menos posible que Mr. Dupper tuviera razón, además. Orlando se deleitaba singularmente en pensamientos de disolución y de muerte, y luego de recorrer las extensas galerías y los salones con un cirio en la mano, mirando un cuadro después de otro, como si buscara un retrato, subía al escaño de familia y se quedaba sentado por horas viendo la oscilación de las banderas y el temblor de la luna, sin otra compañía que una mariposa de los muertos o que un murciélago. Eso no le bastaba; tenía que bajar a la cripta donde sus antepasados yacían, féretro sobre féretro, diez generaciones acumuladas. Era un lugar tan poco frecuentado que las ratas habían comido hasta el plomo, y a veces una tibia le agarraba la capa, y a veces hacía polvo con el pie la calavera de algún viejo Sir Malise. Era un sepulcro siniestro —socavado bajo los profundos cimientos de la casa como si el fundador de la familia, que había venido de Francia con el Conquistador, hubiera querido enseñar que toda pompa se funda sobre la corrupción: que debajo de la carne está el esqueleto, que los cantores y los bailarines de arriba serán los que descansan abajo, que el terciopelo carmesí se hace polvo, que la sortija (aquí Orlando, inclinando su linterna, recogía un círculo de oro al que le faltaba una piedra que había rodado a un rincón) pierde el rubí y el ojo otrora tan brillante se apaga. «Nada queda de todos esos príncipes —repetía Orlando, con una disculpable exageración de su jerarquía—, sino una falange, —y estrechaba una mano de esqueleto y movía las articulaciones de un lado a otro—. ¿De quién era esta mano? —se preguntaba—. ¿La derecha o la izquierda? ¿La mano de una mujer o de un hombre, de la vejez o de la juventud? ¿Había gobernado el caballo de guerra o manejado la aguja? ¿Había cortado la rosa o empuñado el acero frío? ¿Habría?» —pero aquí la imaginación fallaba o, lo que es más probable, le suministraba tantos ejemplos de lo que puede hacer una mano, que se sustraía, como siempre, a las omisiones (que constituyen la tarea fundamental del estilo) y la guardaba con los otros huesos, pensando que había un médico en Norwich, un tal Thomas Browne, cuyos trabajos sobre temas afines le placían singularmente.


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