Orlando
Orlando Así, tomando su linterna, y cuidando que los huesos estuvieran en orden, pues aunque romántico era metódico en extremo y no toleraba un ovillo en el suelo, y mucho menos una calavera de antepasado, regresó a ese curioso y melancólico andar por las galerías, buscando alguna cosa en los cuadros hasta que lo detuvo una verdadera crisis de llanto, ante un paisaje de nieve holandés por un pintor desconocido. Entonces le pareció que la vida no valía la pena de ser vivida. Olvidadizo de los huesos de sus mayores y de que la vida se eleva sobre un sepulcro, se quedó sacudido por el llanto, todo por el hambre de una mujer con bombachas rusas, ojos oblicuos, labios encaprichados y perlas en el cuello. Se había ido. Lo había dejado. Ya no la vería más. Así sollozó. Y así volvió a sus habitaciones, y Mrs. Grimsditch, al ver la luz en la ventana, apartó el jarro de sus labios, y dijo «Alabado sea Dios, su Señoría está sano y salvo en su cuarto», pues ella había pensado todo ese tiempo que lo habían asesinado de un modo atroz.
Orlando acercó su silla a la mesa, abrió las obras de Sir Thomas Browne y procedió a investigar la delicada articulación de uno de sus pensamientos más largos y más prodigiosamente intrincados.