Orlando

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Orlando, felizmente, era de naturaleza robusta, y el mal (por razones que declararemos después) no lo quebró como a muchos de sus iguales. Con todo, lo afectó profundamente, según veremos. Al cabo de una hora o dos de lectura de Sir Thomas Browne, cuando el bramido del ciervo y el canto del sereno proclamaban el momento más hondo de la noche, y el sueño general atravesó el cuarto, sacó del bolsillo una llave de plata y abrió las puertas de un escritorio incrustado que había en el rincón. Adentro había unos cincuenta cajones de madera de cedro y cada uno con un rótulo escrito cuidadosamente en letra de Orlando. Se detuvo, como si no supiera cuál abrir. Uno decía «La muerte de Áyax», otro «El nacimiento de Príamo», otro «Ifigenia en Áulide», otro «La muerte de Hipólito», otro «Meleagro», otro «La vuelta de Ulises» —en fin, casi no había un solo cajón sin el nombre de algún personaje mitológico en un momento crítico de su carrera. En cada cajón había un documento considerable, escrito de puño y letra de Orlando. La verdad es que hacía muchos años que Orlando padecía ese mal. Ningún muchacho había pedido manzanas como Orlando había pedido papel; ni golosinas como él había pedido tinta. Huyendo de los juegos y de la charla, se había ocultado detrás de las cortinas, en los oratorios secretos, o en la despensa detrás del dormitorio de su madre (donde había un gran agujero en el piso que olía espantosamente a estiércol de pájaros), con un cuerno de tinta en una mano, una pluma en la otra, y en las rodillas un pliego de papel. Así fueron escritas, antes que él cumpliera los veinticinco, unas cuarenta y siete comedias, historias, novelas, poemas; unas en prosa, otras en verso, unas en francés, otras en italiano: todas románticas y todas largas. Había hecho imprimir una por John Ball en la Casa del Penacho y de la Corona, frente a St. Paul’s Cross, Cheapside, pero aunque el espectáculo de esa obra lo deleitaba singularmente, no se había atrevido a mostrarlo ni aun a su madre, ya que escribir (y no hablemos de publicar) era, bien lo sabía, una imperdonable falta en un noble.


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