Orlando
Orlando De pie en la soledad de su cuarto juró ser el primer poeta de su linaje y dar brillo inmortal a su nombre. Dijo (recitando los nombres y las proezas de sus mayores) que Sir Boris había vencido y dado muerte al Infiel; Sir Gawain, al Turco; Sir Miles, al Polaco; Sir Andrew, al Franco; Sir Richard, al Austríaco; Sir Jordan, al Francés; y Sir Herbert, al Español. Pero de toda esa matanza y esas campañas, esas borracheras y esos amores, esos despilfarros y cacerías y cabalgatas y comilonas, ¿qué quedaba? Un cráneo; un dedo. En cambio, dijo, volviendo la página de Sir Thomas Browne, que estaba abierta sobre la mesa —y otra vez se detuvo. Como una encantación que subiera de todos los lados del cuarto, del viento de la noche y de la luna, rodó la divina melodía de esas palabras que, para no humillar esta página, dejaremos donde están sepultadas, no muertas, más bien embalsamadas, tan fresco es su color, tan puro su aliento—, y Orlando, comparando esa obra con la obra de sus mayores, gritó que sus hazañas y ellos eran polvo y cenizas, pero que estas palabras y este hombre eran inmortales.