Orlando
Orlando Como esta pausa es de grande significación en su historia —más, en verdad, que muchos acontecimientos que arrojan de rodillas a los hombres y ensangrientan los rÃos—, conviene averiguar por qué se detuvo, y responder, después de las debidas reflexiones, que fue por algún motivo como éste. La naturaleza, que nos ha jugado tantas malas pasadas, confeccionándonos tan hÃbridamente de arcilla y de diamantes, de arco iris y de granito, encajando todo en un molde, a veces de manera incoherente, pues el poeta tiene cara de carnicero, y el carnicero, de poeta; la naturaleza, que se complace en lo misterioso y lo turbio, de suerte que ni siquiera hoy (primero de noviembre de 1927) sabemos por qué subimos al primer piso o por qué bajamos, y nuestros movimientos más cotidianos son como el paisaje de un barco en un desconocido mar, y los vigÃas en el palo mayor interrogan, apuntando sus telescopios al horizonte: ¿Se ve o no se ve tierra?, y nosotros les respondemos con una afirmación si somos profetas y con una negación si somos verÃdicos; la naturaleza, cuyo mayor pecado no es la extensión, tal vez incómoda de esta frase, ha complicado su tarea y ha perfeccionado nuestra confusión, suministrándonos un surtido completo de retazos —un fragmento del pantalón de un gendarme al lado de un jirón del velo nupcial de la reina Alejandra— y ha dispuesto además que un solo hilván los conserve juntos. La costurera es la Memoria, y por cierto bien caprichosa. La Memoria mete y saca su aguja, de arriba abajo, de acá para allá. Ignoramos lo que viene en seguida, lo que vendrá después. El acto más común —sentarse a la mesa, acercar el tintero— puede agitar mil fragmentos dispares, un rato iluminados, un rato en sombra, colgando y hamacándose y flameando, como la ropa interior de una familia de catorce personas en una soga un dÃa de viento. En lugar de ser duras y honestas obras de una pieza de las que no se puede abochornar ningún hombre, nuestros actos más habituales están como aureolados de un temblor de alas, de una ascensión y de una caÃda de luces. De ahà que Orlando, al mojar la pluma en la tinta, viera la cara burlona de la Princesa perdida y se dirigiera inmediatamente un millón de preguntas que eran como flechas empapadas en hiel. ¿Dónde estarÃa, y por qué razón lo dejó? ¿Era el Embajador su tÃo o su amante? ¿Estaban de acuerdo? ¿Acaso la obligaron? ¿EstarÃa casada? ¿EstarÃa muerta? —todo lo cual lo emponzoñó de tal modo, que para desahogar su agonÃa clavó la pluma de ave en el tintero con tal profundidad que la tinta salpicó toda la mesa: hecho que por cualquier explicación que le demos (y no hay explicación posible: la Memoria es inexplicable) sustituyó la cara de la Princesa por otra muy distinta. ¿Pero de quién serÃa?, se preguntó. Y tuvo que esperar, quizá medio minuto, mirando al nuevo cuadro que cubrÃa el otro, como una vista de linterna mágica que deja traslucir la anterior, antes de poder contestarse: «Ésta es la cara de aquel hombre más bien gordo, raÃdo, que estaba en el cuarto de Twitchett hace ya tantos años, la noche que la vieja Reina Bess vino aquà a cenar, y yo lo vi —prosiguió Orlando atrapando otro de esos retazos de colores—, sentado a la mesa, cuando bajaba yo al comedor, y tenÃa los ojos más raros —dijo Orlando—, que hubo en la tierra, ¿pero quién diablos era? —preguntó Orlando, pues aquà la Memoria añadió a la frente y los ojos, primero una gorguera ordinaria con manchas de grasa, luego un justillo pardo, y finalmente un par de gruesas botas como las que usan los ciudadanos de Cheapside—. No un prócer, no uno de los nuestros —dijo Orlando (observación que no hubiera formulado en voz alta, pues era el más cortés de los caballeros, pero que demuestra el efecto que la sangre noble puede ejercer y de paso las dificultades peculiares de un aristócrata para ser escritor)—, un poeta, supongo». Según todas las leyes, la Memoria, ya habiéndolo fastidiado lo suficiente, hubiera debido obliterar la visión o haber extraÃdo algo no menos incoherente e idiota —un perro corriendo a un gato o una vieja sonándose las narices con un pañuelo de algodón colorado— y Orlando, temeroso de que esos fantaseos siempre lo dejaran atrás, hubiera dirigido en serio su pluma sobre el papel. (Porque podemos, si la decisión no nos falta, expulsar de la casa a esa loca de la Memoria y a su disparatado séquito). Pero Orlando se detuvo. La Memoria seguÃa presentándole la imagen de un hombre raÃdo, con grandes ojos brillantes. Siguió mirándolo, siguió en suspenso. Esas pausas son nuestra ruina. La sedición penetra en la fortaleza y la guarnición se rebela. Ya se habÃa detenido una vez y el amor, con su terrible tropel, sus zampoñas, sus cÃmbalos, y sus decapitadas cabezas de rizos cruentos, habÃa irrumpido en su corazón. El amor le habÃa hecho padecer las torturas de los réprobos. (Ahora, por segunda vez, se detuvo, y en la brecha asà abierta saltaron la Ambición, esa energúmena, y la poesÃa, esa hechicera, y la Codicia de la Gloria, esa prostituta, y se tomaron de la mano y pisotearon con su baile el corazón de Orlando).