Orlando
Orlando AhÃ, Orlando, a quien siempre le habÃan parecido normales esas cosas, se sintió, por la primera vez en su vida, inexplicablemente avergonzado de sus numerosos sirvientes y del esplendor de su mesa. Cosa más rara todavÃa: recordó con orgullo —recuerdo generalmente ingrato— a esa bisabuela Moll que ordeñaba las vacas. Estaba por aludir de algún modo a esa mujer humilde y a sus baldes de leche, cuando el poeta se le anticipó diciendo que era raro, dado lo común del nombre de Greene, que la familia hubiera venido a Inglaterra con el Conquistador y perteneciera a la más alta nobleza de Francia. Desgraciadamente habÃan venido a menos y hecho muy poco más que dejar su nombre al distrito de Greenwich. Otras informaciones del mismo estilo, sobre castillos perdidos, escudos de armas, primos con baronÃas en el norte, alianzas con familias nobles en el oeste, cómo algunos Greene escribÃan su nombre con una e final, y otros sin, duraron hasta que sirvieron las carnes. Orlando, entonces, se ingenió para decir algo de la abuela Moll y de sus vacas, y cuando sirvieron las aves ya se sentÃa un poco más cómodo. Pero sólo cuando el MalvasÃa circuló libremente, se atrevió a abordar un asunto que en su juicio importaba mucho más que los Greene o las vacas: el sagrado tema de la poesÃa. A la primera palabra, los ojos del poeta chispearon, olvidó sus afectaciones caballerescas, golpeó la mesa con el vaso, y se embarcó en la más larga, más intrincada, más apresurada y más amarga historia que Orlando habÃa escuchado de su vida (salvo de labios de una mujer despechada), sobre una comedia suya, otro poeta y un crÃtico. De la naturaleza de la poesÃa, Orlando sólo sacó en limpio que era de venta más difÃcil que la prosa, y que su fabricación llevaba más tiempo aunque eran más cortas las lÃneas. De esa manera siguió el diálogo con ramificaciones interminables, hasta que Orlando se animó a deslizar que él mismo, alguna vez, habÃa tenido la temeridad de escribir —pero aquà el poeta dio un brinco. Una laucha habÃa chillado en el maderaje, dijo. El hecho era, explicó, que el estado de sus nervios era tal que bastaba el chillido de una laucha para crisparlos por una quincena. Sin duda la casa estaba llena de alimañas, pero Orlando ni las oÃa. El poeta le brindó entonces la historia detallada de su salud durante los últimos diez años. HabÃa sido tan mala que era un milagro que aún estuviera vivo. HabÃa tenido parálisis, gota, tercianas, hidropesÃa, y las tres fiebres una después de la otra; a lo que convenÃa añadir hipertrofia del corazón, el bazo agrandado y el hÃgado enfermo. Pero además tenÃa, le dijo a Orlando, sensaciones en la espina dorsal que eran indescriptibles. La tercera vértebra, contando de arriba, quemaba como un fuego; la segunda, contando de abajo, era como de hielo. Se despertaba ciertas mañanas con el cerebro como plomo; otras, como si dentro hubiera encendidos miles de cirios y estallaran fuegos artificiales. A través del colchón era capaz de percibir un pétalo de rosa, y podÃa orientarse en Londres por la sensación del empedrado. En conjunto era una maquinaria tan exquisitamente hecha y tan curiosamente armada (aquà levantó la mano como al descuido, y la verdad es que era de hermosÃsima forma) que se confundÃa pensando que sólo habÃa vendido quinientos ejemplares de su poema, pero claro que eso se debÃa en gran parte a una conspiración de los envidiosos. Lo indiscutible, concluyó, golpeando la mesa con el puño, era que en Inglaterra habÃa muerto el arte de la poesÃa.