Orlando

Orlando

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Era inevitable que Orlando, al apresurarse a recibirlo, padeciera algún desencanto. El poeta no sobrepasaba la estatura mediana; era de figura mezquina; era flaco y algo encorvado, y al entrar, se llevó por delante un mastín, que le hincó los dientes. Orlando, pese a todo su conocimiento del mundo, no sabía cómo clasificarlo. Algo había en él que no correspondía ni al servidor, ni al noble, ni al caballero. La cabeza con su frente abovedada y su nariz aquileña era hermosa, pero el mentón retrocedía. Los ojos eran brillantes, pero los gruesos labios babeaban. Lo más inquietante, con todo, era la expresión de su cara. Le faltaba ese majestuoso equilibrio que hace tan agradables a la vista las caras de la nobleza; le faltaba el solemne servilismo de una cara de sirviente bien educado: era una cara cosida, fruncida y arrugada. Aunque poeta, parecía más habituado a regañar que a adular; a disputar que a arrullar; a trepar que a ascender; a luchar que a reposar; a odiar que a amar. Eso lo traicionaba también cierta rapidez en sus movimientos, y algo suspicaz y fogoso en la mirada. Orlando quedó un poco desconcertado. Pero entraron al comedor.





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