Orlando

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No, decidió, la gran época de la literatura ha pasado. Esa gran época había sido la griega; la isabelina era de todo punto inferior a la griega. En el pasado los hombres alimentaban una generosa ambición que él llamaba la Gloire (pronunciaba Glor, de suerte que Orlando no le entendió en seguida). Ahora todos los escritores jóvenes estaban a sueldo de los libreros y frangollaban cualquier mamarracho de venta fácil. Shakespeare era el culpable principal en ese sentido y ya estaba sufriendo las consecuencias. La actual época, dijo, se caracterizaba por lindezas alambicadas y por experimentos extravagantes —que los griegos no hubieran tolerado un solo momento. Por mucho que le doliera decirlo —porque él amaba la literatura como su vida—, no veía nada bueno en el presente y no esperaba nada del porvenir. Aquí se sirvió otro vaso de vino.

A Orlando lo escandalizaban esas doctrinas; pero no pudo menos que observar que el censor no parecía nada abatido.

Al contrario, cuanto más denigraba su propia época, más satisfecho estaba. Recordaba, dijo, una noche en la Taberna del Gallo en Fleet Street, donde se encontró con Kit Marlowe y algunos otros. Kit estaba radiante, medio borracho —cosa habitual en él— y en tren de hablar sandeces. Como si lo viera, blandiendo su copa y tartamudeando:


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